He aquí la historia de una escapada.
Igual que nos pasó el año pasado, cuando volvemos a casa lo hacemos con ganas. Aunque estamos muy a gusto en Rovaniemi, cuando va acabando la temporada, vemos cerca la línea de meta y empezamos a pensar en cargar la furgo, el viaje de vuelta, llegar a casa… ¡Ay, qué emoción! Porque, evidentemente, echamos de menos estar en casa con nuestra familia y amigos, volver al pueblo donde conoces al 83 % de la gente y volver a hablar en tu idioma; peeeeero, cuando ya han pasado dos meses de vacaciones en casa, con algún viaje acompañadas de amigas y otros viajes a la vuelta de la esquina, de repente llega ese día en el que nos miramos y decimos: «¿nos vamos a algún sitio?».
Y así surgió la idea de irnos al delta del Ebro unos días, porque si a nuestras ganas de hacer algo les añades amigas que de repente te dicen: «oye, he estado en un camping en el delta del Ebro (TAIGA Delta de l’Ebre) que estaba muy chulo, con unas rutas geniales alrededor y un restaurante muy rico…», ¡pues oye, tres días después estábamos reservando ese camping!
Y así nos fuimos de miércoles a viernes, entre semana, como señoras prejubiladas (así nos sentimos durante estos meses aunque sea mentira) para que hubiera menos gente y antes de que acabara el cole para estar más tranquilas. Pero con lo que no contábamos era con un grupo de unos 40 niños que tenían otra escapada que no nos habían contado, así que el camping a ratos estaba plagado de niños, que no pasa nada… pero sí, jajaja.
Así que, después de pedir que nos dieran la parcela más lejana a las zonas comunes, ¡nos ponemos el bañador y nos vamos a la piscina! Estando más a gusto que un arbusto con toda la piscina para nosotras, nos tropezamos con el bar y nos vemos obligadas a tomar algo fresquito para coronar el baño e irnos a la furgo a hacer la comida. Peeeeero, para sorpresa de nadie, la cerveza nos lleva a echar un vistazo a la carta y, pues chica, ya que estamos, comemos. No comimos mal, pedimos tres platos para picar y, aunque como he dicho no estaban mal, la relación calidad-precio estaba totalmente desproporcionada. Pero bueno, ¡aquí hemos venido a jugar!, así que ahora ya sabemos que no repetiremos y ¡que la comida en la furgo es maravillosa!
Por la tarde decidimos dar una vuelta; mañana vamos a hacer una ruta, pero esto es solo un paseo para ver la zona. Y justo antes, cuando estamos saliendo por la puerta del camping, nos topamos con una autocaravana, y cuando la hemos pasado unos 50 metros escuchamos de fondo: «¿Ana?». Una voz con tono de incredulidad repite: «¿Ana?». Nos giramos y ahí está: una clienta de la azucarera con la que había coincidido allí hace cuatro días, que va con su familia de camino a Alemania (donde vive) y que decide parar dos días en un camping que no le viene casi ni de camino: ¡el nuestro!
Muy sorprendidas todas nosotras, nos saludamos y quedamos en pasar luego a saludar por su parcela. Adiós a lo de «vámonos de camping a una zona donde no conozcamos a nadie», jajaja.
Pero bueno, paseo de reconocimiento hecho, visita a los nuevos vecinos hecha, ahora toca un Rummikub, preparar la cena y, justo cuando nos empiezan a rodear unas mosquitas —no supermolestas, pero sí un poco—, nos metemos en la furgo. ¡Un poco de lectura y a dormir!
Amanecemos con un desayuno rico en la furgo y ¡nos vamos de ruta! La ruta nos la aconsejó nuestra amiga María y fue todo un acierto: ¡era muy chula! Pero, sabiendo ya cómo es, lo habríamos hecho de otra forma. El primer tramo son unos 40 minutos de ir por la costa, que está bien, pero cuando llegamos a la parte de bosque (que nos encantó) solo teníamos tiempo para hacer un tramo, así que yo me habría ahorrado el principio y habría disfrutado más del tramo de montaña. Pero lo que hemos sacado de esto es que el año que viene volvemos a hacer una escapada cortita por aquí para investigarlo y disfrutarlo un poco más.
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